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¿Qué es lo que te convoca estar en un viaje permanente?

Lunes con un atardecer maravilloso entre lagos y bosques suecos, y con un matecito calentito...¿cuenta como respuesta?

Hace un tiempo que vengo escuchando que la gente que se la pasa viajando se está escapando de algo. El estar en movimiento, el no asentarse en un lugar fijo, el vagar, aunque sea con propósito, por el mundo, parece que en el imaginario social es un signo del síndrome de Peter Pan.

Acá ¿escapándome? en algún bosquecito de Suiza

La semana pasada Valentina Ferrario en su último poscast de psicóloga viajera dijo algo que me quedó resonando. Irte de viaje por el mundo puede que sea un escape, como no...como también lo puede ser tener un perro. Entonces ¿por qué el hacer un viaje largo tiene que haber sido ejecutado a partir de una situación de descontento o incomodidad? ¿Por qué hay acontecimientos vitales que son celebrados y promulgados, y otros que no? ¿Por qué la gente te pregunta cuándo te vas a casar, cuándo vas a tener hijos, y no cuándo te vas a ir de viaje?

En fin, pareciera que los mandatos sociales siempre tienen una connotación positiva...pero ¿y si no quiero eso? ¿Dónde quedan mis intereses, mis sueños, y mis deseos, en un modelo que sólo quiere que seas una piecita perfecta para que la máquina siga funcionando?

Pero por afortunadamente, valga la redundancia, tengo la suerte de ser terapeuta ocupacional, y no hay nada más importante para mi, que las ocupaciones estén basadas en los intereses de la persona. Y bueno, ya sabemos que mis intereses no están relacionados con obedecer a ciegas valores externamente impuestos, y quizás es una gran razón por la que estoy escribiéndote mirando los viñedos en un pueblito italiano.

Aún así, aunque estés siendo fiel a tus convicciones, hay gente que te juzga, o que en realidad no puede entender una realidad distinta a la suya (y por eso te juzga). ¡Con cuántos me he cruzado en estos últimos meses! Aunque también hay gente que, aunque no comparta lo que hacés o no lo comprenda, en vez de encasillarte de una, te pregunta. Y fue así como el otro día, una amiga me preguntó, así, sin filtro... ¿qué es lo que te convoca estar en un viaje permanente?




Así que mi mente empezó a recordar todo lo que descubrí que me encanta, desde aquel 4 de marzo

Las casitas iluminadas en la noche de Brujas, Bélgica
  • Las lluviecitas de Gales

  • El subte de Londres (sí, le voy a seguir diciendo subte)

  • Las birras de Bélgica

  • El mini Luxemburgo

  • Los quesos de Holanda

  • Las kartoffelpuffer de Alemania

  • La hermosura de Dinamarca

  • Los lagos, los bosques, el contacto con la naturaleza y el sueco

  • La organización de Finlandia

  • La inmensidad de Rusia

  • La calidez de Estonia

Los colores del mar en Aarhus, Dinamarca
  • Decir gracias en letón

  • Lo barato que es Lituania, y las leyes maravillosamente locas de Uzupis

  • Los colores de Polonia

  • La belleza de los paisajes de Suiza

  • Las casitas llenas de flores de Francia

  • El turquesa del mar de Liguria, todas las comidas tanas, y lo parecida que encuentro a Italia con Argentina


Pero hay algo más...mucho más fuerte, mucho más importante que las banderitas que llevo cosidas en la mochila. Más que los paisajes, los olores, las tantas ciudades que conocí. Incluso más de todos los monumentos, los lugares imperdibles, las miles de fotos: la gente. Cada persona que me crucé en el camino. Ellos me brindaron lo más importante en este viaje, y que responde un poquito a la pregunta de ¿qué es lo que te convoca estar en un viaje permanente?


  • La amabilidad, la solidaridad y el intercambio desinteresado, que no te lo puedo explicar.

Que te cocinen unos eierkoeken holandeses para que almuerces de camino a Alemania
  • El dar, el compartir, el querer dejarle al otro un poquitito de vos.

  • Que un completo desconocido te abra las puertas de su casa, te deje su cama, te espere con un plato de comida calentito un día de lluvia.

  • Que te persigan una cuadra para darte eso que estás necesitando.

  • Que compartan lo que saben con vos.

  • Que te hagan parte de una reunión de amigos y te traten como uno más.

  • Que te tengan paciencia y te ayuden a seguir aprendiendo ese idioma que tanto te cuesta.

  • Que conozcas gente de todas partes del mundo.

Visitar esas playas estonias en donde nunca te imaginaste estar
  • Que te enseñen cómo se come con la mano en India (sí, hay una técnica).

  • Y aprender…de todo, de todos. Crecer, mutar, florecer, fluir.

  • Romper mis creencias…entender que hay otras maneras de vivir, de hacer las cosas. Expandirme. Preguntarme. Replantearme.

  • Conectarme con otros, de una manera diferente…más efímera, más intensa.

  • Valorar lo que me brindan...un colchón, que te cocinen, que te hagan unos mates calentitos.

Esas cosas tan habituales que damos por sentadas, pero no, no lo son. Si las tenés, agradecé…agradecé a quien te las dá, a la vida, al que quieras, pero agradecé.

Aún no sé si tengo la respuesta de qué es lo que me convoca a estar en un viaje permanente, pero de lo que sí estoy segura es de que quiero seguir viviendo esta magia hermosa que se encuentra en el camino por mucho tiempo más.


Y si hablamos de magia, es imposible no recordar la celebración del Midsommar...bailando, cantando y sintiéndonos como unos suecos más


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